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martes, 31 de enero de 2012

CAPITULO DE INTRODUCCION. EL VALOR DE LA MEMORIA


No es éste un libro de memorias al uso. Tampoco una biografía total. Se trata de unas memorias biografiadas, en las que el personaje del que se trata va pasando por su corazón el pasado. Recordar es, al fin y al cabo, ese ejercicio que pasa por el corazón todo lo vivido. La memoria es la capacidad mental que hace posible a un sujeto registrar, conservar y evocar las experiencias, ideas, imágenes, acontecimientos o sentimientos propios e incluso ajenos. El Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española la define como: “Potencia del alma, por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado”. Casi tan difícil como vivir con dignidad la propia vida es saber contarla. Contar lo que le ha sucedido a uno y lo que uno ha visto con sus ojos, y lo que la experiencia le ha enseñado es un ejercicio saludable y pedagógico. No hay más Historia que las historias en letra pequeña que le suceden a la gente. Cada vida humana es única, singular, irrepetible, sagrada. A comprender esto nos ayudan los libros de memorias, las cartas y los diarios personales, porque en ellos se preserva la textura real de un tiempo cuya naturaleza es la fugacidad, el tránsito sin reposo. Las cosas no suceden en abstracto. La Historia, las historias, le suceden siempre a alguien. Y cada persona tiene un ángulo único, distinto al de cualquier otra; y esa fragmentariedad de su visión es también su riqueza. Es eso lo que el lector va a encontrar en este libro. Una vida contada, la experiencia de alguien que ha vivido largos años y que, por azares de la vida, ha sido testigo de grandes acontecimientos históricos en la Iglesia y en España. Ya va para un siglo el tiempo vivido por el protagonista de estas páginas. Confío en que el resultado satisfaga lo que toda obra con pretensión de memoria debe tener en cuenta: que sea “singular, conmovedora, histórica, socialmente informativa, psicológicamente reveladora, intelectualmente sugerente e iluminadora, entretenida y, por último, que esté, al menos bien escrita”.

El resultado será el lector quien lo valore. Estoy convencido que cuanto en estas cuartillas se cuenta se ajusta en gran parte a esas características esbozadas por Thomas Mermall, catedrático de Literatura Española en Brooklyn College University de New York, fallecido mientras redactábamos esta obra, y que recientemente daba a luz sus memorias en “Semillas de gracia” (Pre-Textos. Narrativa. 2011). He pretendido que este paseo por la memoria del personaje sea singular, con algunos episodios conmovedores, sujeta al rigor histórico de los hechos vividos, con datos que aportan información de una época. Son datos sugerentes e iluminadores de medio siglo de historia. Y les aseguro que será entretenida, sin citas abundantes que despisten, ni eruditos ensayos que no vengan a cuento, si bien los tiene en cuenta. Cuando la mente preserva algo es porque vale la pena. Y a ello nos embarcamos el protagonista y yo, uncidos desde hace años por una amistad cuajada en la tierra que nos vio nacer. Encontré siempre en este personaje un material realmente asombroso, digno de ser contado. La vida lo ha situado en el escenario adecuado para poder conocer el trasiego no sólo de la España de las últimas décadas, sino también de la Iglesia universal. El protagonista de este libro ha sido como ese “quinto elemento” del que se habla en el teatro, el personaje que, en segunda fila, conoce la trama y el argumento porque siempre está en él oyendo, viendo, participando unas veces, contemplando otras. El “quinto elemento en el teatro es un testigo cualificado y discreto. Eso le ha pasado a este hombre, sacerdote, obispo y cardenal de la Iglesia.

Pero antes, invito al lector a un ejercicio de imaginación que estoy seguro le dará una idea somera del personaje abordado. Imagine a un niño en una ciudad luminosa del sur, hijo de una familia numerosa, trabajadora, luchadora y abierta. Imagine a este niño en el trasiego de una guerra civil que llega a su vida en la tierna infancia, con un padre que alterna la vida laboral y profesional con la política municipal en años duros de enfrentamientos. Imagine a un joven en éxodo permanente durante la contienda y después, cuando llega la victoria de uno de los bandos enfrentados. Imagine a este mismo adolescente, con catorce años en una España que se despereza tras la guerra y que va sabiendo, desde el exilio forzado en el que vive su familia, del páramo en el que se ha convertido Europa tras la derrota del sueño alemán. Imaginen a este joven, trasplantado desde su tierra nodriza, allá en el caluroso sur andaluz, a la fría y acogedora tierra de León, en donde su madre intenta abrirse paso y mantener en alto la esperanza de una familia numerosa zarandeada, expoliada y resquebrajada por los vencedores. El padre en la cárcel, sin que en sus manos hubiera manchas de sangre, pero víctima de un Tribunal de Responsabilidades Civiles, más influido por la envidia y el odio mezquino que por la justicia. Una familia grande y anudada por el recio carácter de la madre que, al frente de la casa, intentaba recuperar la hacienda robada por hábiles testaferros de los que tanto abundaron en los primeros años de la victoria. Mientras unos hermanos trabajaban, otros estudiaban para abrirse camino en una España de uniformes, sotanas, boinas rojas, camisas azules y blusas de presidiarios reconstruyendo el país. Una España dividida, convertida en una gran prisión para muchos, en un cementerio para otros. Una España que se iba desangrando en la huida y el exilio. Era una España de vencedores que negaban a los vencidos hasta el título de españoles. No era fácil crecer en una España así.

Imagine a ese mismo joven, ávido de saber, de conocer, de comprender, con esa voracidad propia del adolescente por descubrir el mundo; a un joven que encuentra a Jesucristo en las páginas desnudas de una biblia protestante, en una silenciosa y oscura iglesia del centro de León y que, gracias al trueque de un hábil religioso capuchino, pudo conocer la Historia Sagrada, mientras estudiaba el Bachillerato. Imaginen a ese joven recibir la Primera Comunión ya con pantalón largo, con dieciocho años, deseoso de ser sacerdote, enrolado en los grupos de una Acción Católica activa y emergente; buen y ávido lector; mejor estudiante, hábil conversador y con una ilusión a flor de piel. Joven nervio de los muchos que en España empezaban a levantar cabeza, que no querían oír hablar del pasado de odio y querían mirar adelante. Él, como tantos otros, fue uno de los niños de la guerra. Este joven acudió al entonces obispo de su ciudad anfitriona, un hombre bueno y bien preparado. Le pidió entrar al Seminario, pero el docto prelado prefirió enviarlo al Seminario de Vocaciones Tardías de Salamanca, un centro dependiente de la Universidad Pontifica, para que allí iniciara su carrera eclesiástica. Las aulas y paredes del Seminario Conciliar de León no eran el lugar idóneo para alguien que como él, tenía a su padre aún en la cárcel. Tenía que levantar vuelo. Desde la prisión de Burgos el padre daba el visto bueno para que su hijo se ordenara sacerdote, pero ponía una condición, que lo hiciera cuando él ya estuviera en la calle; no antes.

Continúen, en el ejercicio de imaginación que les propongo, y piense en este joven que, pasados unos años estudiando Filosofía, es enviado a Roma para concluir sus estudios previos a la ordenación sacerdotal y que recala en la Ciudad Eterna al iniciarse una década importante, los años cincuenta, en el momento álgido del Pontificado de Pío XII. Roma le abre la mente a la universalidad de la Iglesia. Más tarde, París, la “Ciudad de la Luz”, que lo pondrá en contacto con las grandes corrientes de la catequesis y de un continente que va levantando cabeza y encontrándose así mismo tras la debacle de la guerra europea. Y llega el momento de la vuelta. Este joven que ya va madurando en edad, tiene que volver. No era grato volver a una España tétrica, pero era necesario integrarse en esa generación de españoles que debían levantar un país magullado por el odio. Una postura patriótica. Roma y París, dos ciudades abiertas, escuelas de altas miras para este joven sacerdote al que le seguía doliendo España. Debía volver, preparado para la tarea y la ardua labor que le esperaba, como a tantos otros que empezaron a cruzar los Pirineos. Era el momento de la regeneración espiritual, aunque esta regeneración había que buscarla por derroteros distintos a los oficiales. No se trataba de una regeneración epidérmica. Hacía falta una regeneración más profunda.

Imagine a este joven ordenado ya sacerdote, con su titulación académica en el bolsillo, de vuelta a Madrid. Un concilio en ciernes, una inmensa labor de catequesis por delante en una España que necesitaba, ante todo, de formación de cristianos que dieran razón de su fe y que ayudaran a la reconciliación. Idas y venidas a América, trabajo con jóvenes universitarios y con una presencia discreta pero continuada en los ambientes culturales de la capital. Encargos diversos, conferencias frecuentes, cursos apresurados, responsabilidades serias que los obispos le van encargando cuando advierten en él un perfil de futuro. Su nombre empieza a relacionarse con la enseñanza, con la catequesis y con la formación de un clero que desde América empieza a llegar a España. Años de una actividad febril vividos en trayectorias importantes: la catequesis, la enseñanza y la pastoral universitaria. Era la mejor forma de servir al país y a la Iglesia.

Este sacerdote bien conocido, es llamado en 1972 al episcopado, primero como auxiliar en la entonces diócesis de Madrid-Alcalá, junto al cardenal-arzobispo Vicente Enrique y Tarancón en momentos duros en los que se buscaba poner en hora el reloj de la Iglesia española. Fue esa otra etapa interesante de su vida que le ofreció la oportunidad de vivir momentos apasionantes durante la transición política y la aplicación del Vaticano II. Fueron años de tanteo, de ilusión compartida, de trabajo duro para situar a la Iglesia en el lugar que le correspondía en un país que había salido de varias décadas de nacional catolicismo y que, con los documentos conciliares en la mano, debía devolver la esperanza. Este obispo trabajó duro y fue testigo de importantes acontecimientos en estas lides.

Pero no quedó ahí su trayectoria. Cuando llegó la década de los ochenta, aquel joven de entonces, sacerdote trabajador incansable y obispo despierto y conciliar, fue llamado a una doble tarea en la que devanó sus horas y sus días hasta su jubilación, ya bien entrados los setenta y ocho años: ser uno de los autores del Catecismo de la Iglesia Católica. Acabado el concilio, la Iglesia tenía que poner al día el Derecho Canónico, obsoleto ya en muchos de sus artículos el viejo de 1917, y realizar un nuevo Catecismo. A preparar éste último, con un equipo de seis obispos presidido por el entonces cardenal Ratzinger, dedicó muchas de sus horas, sus conocimientos y su experiencia. Junto a esta labor, llegó otro trabajo bien distinto, ser el obispo responsable de las Fuerzas Armadas. Paradojas de la vida cuando se conoce su biografía entera. En estos últimos años a este prelado le correspondió rehacer el papel de la Iglesia en el Ejército, acentuado el servicio pastoral sobre el profesional y creando el Arzobispado castrense y acentuando su presencia en el nuevo escenario que se abría con las misiones humanitarias en el exterior. En esos años le tocó sufrir las garras del terrorismo, virulento en la década de los ochenta y crear un cuerpo de capellanes castrenses acorde con los tiempos. Sus relaciones con la Casa Real y con el Ejército, además de con políticos e intelectuales de la época, le sirvieron para un servicio de mediación no suficientemente reconocido.

Un día fue llamado por Benedicto XVI para que le ayudara como cardenal de la Iglesia. Él se sentía ya amortizado. Frisaba los 85 años, pero la Iglesia lo llamaba y allí estaba de nuevo para servirla. Nunca había escatimado esfuerzos a una llamada de la Iglesia.

Esa es la trayectoria del hoy cardenal Estepa. José Manuel Estepa Llaurens ha sido ese “quinto elemento” del que hablábamos en el escenario del último medio siglo de la Historia de España y de la Iglesia. José Manuel Estepa, a quien ya se le puede llamar “El cardenal de la Catequesis”, ha recorrido las diversas trayectorias de su vida con pasión de ciudadano, con fidelidad de creyente y con responsabilidad de pastor. Y en sus trayectorias se advierte de forma clara. Vamos a recorrerlas de su mano, de sus recuerdos, de sus siempre serenas claves. A ellos dedicamos estas páginas. Pero antes conviene evocar el momento en el que es creado cardenal de la Iglesia

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