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domingo, 3 de noviembre de 2013

El culto a “Lolo” ha de redescubrir la misericordia


Articulo publicado hoy en DIARIO JAEN.

Hoy, 3 de Noviembre, hace 42 años que el beato Manuel Lozano Garrido, “Lolo” moría en Linares. Quiero, aquí y ahora, en este Diario JAEN en el que Lolo escribió su último artículo, tan solo unos meses antes de morir, traer de nuevo su figura de gigante, pese a lo escuálido de su cuerpo enfermo y retorcido. Con su pluma bella y certera supo impregnar de esperanza a quienes lo leían. Con su vida supo contagiar de evangelio a quienes lo conocían. Hoy, su nombre ya está escrito en la lista de los santos. Sus vida es ejemplo para todos. Eso ha querido la Iglesia decir de forma oficial con su beatificación. Sus restos reciben culto en la Iglesia de Santa María de Linares, la parroquia en donde recibió las aguas del bautismo y marco de referencia espiritual para él. Su cuerpo, en una capilla del templo, es visitado con devoción y recogimiento. Y no cesan las oraciones pidiendo su intercesión. Cómo rendir culto a Lolo. Esa es la cuestión. A veces confundimos el culto y olvidamos la dimensión de la caridad pastoral que ha de tener ese culto. No se trata de petrificar el pasado, ni aderezar el recuerdo, sino de urgir al futuro. Lolo era un hombre que, pese a su ceguera, rasgaba lejanías. Veía con otros ojos…

Es necesario seguir dando a conocer la corriente interna que alimentó su vida, desde los años difíciles de su infancia y juventud, hasta los momentos duros de la enfermedad. Dar a conocer el hontanar de su alegría y de su vida entera. Es necesario seguir proponiendo su ejemplo a los jóvenes, a los periodistas y a los enfermos. Y dejar que el mensaje de Lolo cale profundamente en sus vidas y contagie. No hace falta empujar la silla, esfuerzos vanos a veces, sino dejar que corra sola metiéndose en las vidas de tanta gente que con su ejemplo quedaran prendidos de una luz certera, la de su vida entregada. Y dejar que el silencio y la oración hagan mella en tantos corazones que lo van conociendo.

Y en estos tiempos que corren, la mejor forma de dar culto a Lolo es en el ejercicio de la misericordia y la compasión para con tantos hombres y mujeres que sufren. El supo hacerlo en sus escritos cuando abordaba los graves problemas sociales de la época. Y en su vida pobre y sencilla. El mejor culto no es un templo en su honor. El templo en el que recibe culto, el de Santa María de Linares, es el mejor santuario. Tampoco un museo en donde guardar sus recuerdos. Quizas sea lo mejor una obra social que muestre su pasión por la pobreza y todo, sin alharacas, ni gastos excesivos, ni muecas de megalomanía. El día que perdió la vista era un día de san Francisco de Asís. Recorría con sus dedos el Cristo yacente que le regaló Paco Baños, su amigo el escultor. Y se estremecía viendo la pobreza del santo de Asís en aquella pobreza nueva que le llegaba a su vida, la falta de luz exterior, mientras que su interior se iba llenando de una luz radiante y esplendorosa. El papa Francisco ha hecho de esta opción un camino para la Iglesia y nos señala el estilo. Rendir culto a Lolo no es en la piedra y la mampostería que solo hace subrayar nuestras propias vanidades. Hoy en Linares, una ciudad azotada por graves dificultades, el culto a Lolo no puede ni debe pasar por el dispendio económico, sino por la generosa fraternidad con los que sufren. Una labor social con su nombre hará que su memoria se perpetúe. No hay que tener prisa, Los cimientos del culto a Lolo no han de ser de argamasa, sino mas interiores. Son los cimientos de quienes han sentido su fuerza y se han dejado alumbrar por su luz. Se haga desde las estructuras eclesiásticas o civiles, lo que se pretende hacer, no puede dar la espalda a la gigantesca lección de sencillez, pobreza y solidaridad de un hombre que supo en sus escritos denunciar la injustica de los grandes y hablar por la boca de los que nada tenia. Hágase lo que se haga, no conviene olvidar el marco.

Ha ido pasando el tiempo y la Iglesia diocesana tiene en Lolo un intercesor y modelo. No puede la Iglesia diocesana desentenderse ni dejar en manos de pequeños grupos lo que ya es patrimonio de todos. Un grupo de amigos rodeaban su lecho de muerte, un “árbol desnudo con ansias de primavera”. Hoy esos amigo son muchos. Es quizás esta frase la que mejor resuma su vida. Se fue desnudando poco a poco, en el lagar, en el molino, en la poda. El dolor no le arrebató la esperanza. Estas fueron sus últimas palabras: “Os renuevo mi cita en el amor”.  Pero en el amor hecho ternura y misericordia entrañable

El alma va borrando lo que dicta el fuego


 A Jaime Diz, que me enseñó la sencillez escurialense.

A veces me pregunto dónde reposará el vagabundo sus pies cansados y qué puertas se le abren a quien busca ese silencio infinito que calma el amasijo de dolor, fiebre, prisa, furor y pasión que anida en el alma agotada. Tantas veces lo he buscado en las terribles palabras que había olvidado ya el latido de otras miradas. Me han prestado unos ojos para descubrirlo asomado a los breñales de la sierra. Allí, entre los fresnos, jarales y álamos oscuros que salpican los peñascos, en una tierra feroz en su salvaje lozanía, he visto cómo el alma va borrando lo que el fuego dicta como una sentencia. Es un lugar en el que se aquietan los recuerdos, hundiéndose en la ciénaga del olvido, mientras vuelven las emociones a calentar las parameras del alma. Se trata de ese rincón “aislado, pero siempre cercano” que se abre en la sierra madrileña del Guadarrama, en el monasterio, palacio y basílica del Escorial, armonioso conjunto de vida, trazado con pasión sobre un pergamino y que trajo la Modernidad a una España que vertía la sangre por sus costuras, alimentando guerras, alumbrando ideas en estómagos vacíos, soñando trascendencias y dejando un rastro de pobreza entre el brillo de sus oropeles. En Sevilla, el túmulo vacío de Felipe II y aquí una tierra virgen fecundada por su sueño eterno. El alma borrando recuerdos, el fuego dictando emociones.

Antes no había nada. Todo era un espacio rudo, quebrado, salvaje, feroz en su esencia. Y de pronto, una sentencia de escuadra y cartabón lo preñó con trazos firmes y elegantes en sus líneas verticales; sosegados y quietos en su curso horizontal; ordenados y estables en su diseño, huyendo de la voluptuosidad de la curva, de la tensión de lo oblicuo o el giro brusco de lo espiral. Aquí solo se ve la pura orgía de la línea recta, sucesión de puntos en la genialidad de Juan Bautista de Toledo que en su “Traza Universal” borró del paisaje lo que el fuego de su ingenio iba dictando, mientras sus manos alzaban un plano en el que  se atisbaba la fuerza de esta mole de piedra asentada en la naturaleza nodriza. Aquella mano trazó lo que hoy me embelesa; aquel ingenio fecundó lo que hoy me ha aquietado. Ahí se miden los grandes, en el rastro de eternidad que dejan a su paso.

Y me siento a escribir sin encontrar las palabras que expresen la música grandiosa que bulle con una violenta alegría, con un dolor furioso que quiere hacerse tinta para agradecer la mirada nueva a esta belleza intangible, brava y excelsa en su pétrea armonía. Imposible expresar de forma adecuada ese campo abierto al infinito en un día claro de abril; ese bosque embravecido por la naturaleza que entrañó el sueño; esa masa de piedra que se derrama en una geometría tan esencial, tan fugaz y tan sencilla. Cómo contar en palabras lo que el alma siente ante la silueta de la cúpula sobre un cielo azul intenso, o la suave caricia del sol marchándose al morir la tarde. No hay palabras que violen el silencio sonoro en la mirada alejada y quieta, como un bemol sostenido a la espera de otra nota que lo eleve más aún. Imposible contar el deseo brutal de poseer ese lugar, por el tímido temor a que un día ya no esté, lo hayan hurtado los ladrones de sueños o se hubiera marchado dejando un rastro de olvido y silencio.

Pero no me resisto a la violencia de la palabra desatada. Y aquí, en estas líneas, dejo el rastro de la mirada: El Escorial es la expresión cruel de un enigma, el enigma de la vida misma. Situado en las afueras, no deja de estar en los centros más diversos; alejado de muchos, solo es cercano a pocos; orgulloso y soñador, las trazas de su alma son líneas sencillas, sin doblez, con nobleza aquilatada. El Escorial es la vida misma: una sentencia de orgullo y pasión en el entorno; una vida rica en el interior, muy celosa en su expresión, con pequeñas ventanas para mirar más que para ser mirado; sencilla y esencial, pero con alturas que otean horizontes. Es bello ser elegante en lo agreste como esta masa de piedra; es bello ser sencillo en lo artificioso como las discretas esquinas de estos muros; es bello ser cuerpo con alma como el sueño de esta palabra, de esta sentencia sostenida en los siglos y que ahora vuelve rasgando lejanías, borrando recuerdos y dictando esperanzas. Y en estos parajes en donde el dolor se calma, he encontrando un lugar en el que reposar los pies cansados y el alma agotada.

Un elogio de la escalera


“Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño” decía Mark Twain. La escalera, nexo arquitectónico entre espacios situados a distinto nivel, tiene también una importante carga simbólica y ha servido de raíz de “escalar”, “escalada” derivando en sinónimos como “gradación”, “gama”, “progresión”, “serie”, “rango”, jerarquía. Ya en la Biblia, testimonio escrito de viejas civilizaciones, se nos cuenta la confusión de lenguas cuando en Babel, la construcción de un gran zigurat rodeado de escaleras, pretendía rasgar la trascendencia. Las escaleras se fueron instalando en las arquitecturas más primitivas como elementos relacionales de espacios, pero también diferenciadores de clases sociales y de estamentos nobiliarios (las escaleras del Escorial o las llamadas “escaleras de servicio” o “escaleras de incendios”).  Escaleras las ha habido en todas las civilizaciones y han tenido un papel relevante en la simbología religiosa, cultural sociológica o económica incluso. (“Gentes de escaleras abajo”, dice Sampedro en “La Sirena para referirse a rufianes y gentes de baja laya). Estar en lo más alto de la escalera o verse arrojado a lo más bajo de ella eran expresiones comunes para ensalzar o vituperar. Mirar desde arriba (prepotencia) o desde abajo (humillación). No saber si se sube o se baja (ambigüedad). Escalar es subir de puesto, de rango, de escalón social, de nivel económico. Sobre lo complejo de las escaleras dijo Dante en la Divina Comedia: “Conocerás por experiencia lo salado del pan ajeno y cuán triste es subir y bajar las escaleras en un piso ajeno”. Porque así se conoce todo; y bien.  

La importancia de este nexo entre espacios situados a un nivel distinto es enorme y compleja. Es un elemento de socialización como demostró Buero Vallejo en su Historia de una escalera, escenario de la vida de tres generaciones en España.  Para George Perec la escalera es el eje de su novela “La vida instrucciones de uso”. Le dedica doce capítulos. Así empieza la obra: “Sí, podría empezar así, aquí, de un modo pesado y lento, en ese lugar neutro que es de todos y de nadie, donde se cruza la gente casi sin verse, donde resuena lejana y regular la vida de la casa (…) todo lo que pasa, pasa por la escalera; todo lo que llega, llega por la escalera (…) por eso la escalera es un lugar anónimo, frio, casi hostil.”. En las casas antiguas hay peldaños de piedra, barandillas de hierro forjado y en las casas modernas hay ascensores, aunque permanece la escalera, fiel vigía. 

Por las escaleras pasan las sombras furtivas de quienes vivieron en las casas, los recuerdos, emociones, vidas ajenas, entrelazadas en la escalera. Escalones, descansillos, mesetas son sus partes y clases de escaleras las hay variadas: ciegas, propias de  construcciones en donde se intentaba conjugar el secreto de las habitaciones, muy especialmente en la Francia de los siglos XVII y XVII. Escaleras cuadradas, de caracol, imperiales, fijas, ligeras, de soga o de hierro, de cuerda, de esparto, de tijera, catalanas o imperiales. Las hay cuadradas, de caracol o imperiales. Escaleras mecánicas y hurtadas o colgadas. Las hay hermosas y las hay lúgubres. Una escalera de madera presagia noches de miedo en las novelas de intriga y una escalera de piedra o mármol muestra la excelencia de un edificio, Si la escalera se sube a hurtadillas o de forma solmene, te dice el tono del relato. Una escalera sobre una chabola nos habla de primitivismo y una escalera lúgubre acerca olores, humedades, intrigas…Cuando en la literatura se describe una escalera ya estas adelantando lo que te vas a encontrar. No subirla a veces, sustrae al lector de la sorpresa. Es importante conocer una escalera para conocer mundos que de ella se derivan. Y de sensaciones. El arquitecto alemán  Ernest Neufert decía: “Las sensaciones al ascender por una escalera pueden variar mucho: desde las diferentes posibilidades de diseñar la escalera de una vivienda, hasta las posibilidades que ofrece una escalera en el exterior, por la que ascender o descender apenas requiere esfuerzo”. 

De flaneur por los campos de olivares de Jaén


Un mapa verde aceitunado
Es el verde aceitunado el color de Jaén, el color con el que están cosidas sus lindes y sus costuras, con hilo con el sabor del aceite. Es un verde duro y oscuro, el que sale del tronco, se alarga en las hojas, se estremece y madura, bebiendo todos los vientos, en el fruto que va al molino para ser molturado. Varea la vara la verde oliva. Jaén, mar de olivos. Los queremos verdes, dando color a nuestras lomas preñadas de olivos. Los riscos nuestras sierras se solazan con olivos que cuelgan de sus peñascos y de sus alturas, en pendientes resbaladizas, buscando un hueco en el que asentarse. y en las campiñas que rodean el Guadalquivir, el verde del olivar se asienta con dominio galán, señorial, adusto, añoso. El mapa de Jaén es verde, como su riqueza preñada de verde esperanza, esquilmada por quienes, bien lejos, la siegan y la secan con políticas miopes.
Los verdes olivos vareados en el frío invierno entre el sudor que perla las frentes y el vaho que sale por las bocas mientras los vareadores peinan la oliva que cae en los mantones, las mujeres trajinan en los suelos auscultando la pequeña aceituna y las espuertas se llenan de hojas y frutos para ser limpiadas en la criba, metidas en los sacos y llevadas al molino que no descansa en las noches invernales y que deja un olor que preña nuestros pueblos entre el humo de las chimeneas y la fatiga de la briega en los tajos. Tardes de sol invernal a la vuelta, mañanas de temperaturas que estremecen el cuerpo bien aquilatado por la copa de aguardiante en las tabernas mañaneras. Coloquios aceituneros en los tajos. Un mundo, un universo que se explaya en los campos de Jaén cuando llega la cosecha.. desde “La Inmaculada a san Antón” cuando el ramón se quema en los chiscos de las calles y plazas jaeneras.
El olivo es un árbol duro como los rostros de esta tierra esquilmada y vapuleada en la Historia. Pendientes del sol y de la lluvia; pendientes de la granizada o de la riada. Pendientes del horizonte, del suelo y del cielo, rasgando las lejanías que se otean allá por donde se cuajan las tormentas. Pendientes de cielo y del suelo. Hileras de olivos son nuestra riqueza, tocones que marcan la economía de una tierra que se resiste a perder su savia verde esperanzada. Campos de Jaén cosidos por las hileras de estos olivos milenarios, por esta sangre aceitunada, por este duro trabajo amarrado a los terrones de nuestros campos regados