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miércoles, 18 de abril de 2012

¡ El integrismo cabalga de nuevo con su caballeria Rusticana!


Cuando más llueve, más aprieta. Una caterva de fanáticos se ha instalado en los aledaños del poder y lanza plomo en sus declaraciones, echando leña al fuego y avivando la hoguera. El fanatismo es la incapacidad de concebir alternativa a cualquier proposición. Hay fanáticos entre algunos hijos de Aitor, que nunca conocieron el derecho romano en las montañas en donde crecieron como euskaldunes, y hay quienes, entre las pobres riberas del Llobregat, se creen con el derecho a juzgar el sudor y la pobreza de sus compatriotas del sur desde su habitación del Hotel Palace; como hay frescos y espabilados en las marismas del Guadalquivir que roban el dinero de sus parados o en cualquier ría de la Baixa Galicia o gasolinera, que tienen que aguantar más siglos de ostracismo. Hay fanáticos que se creen hijos de la bragueta de Don Pelayo en la cornisa cantábrica y herederos del Cid en la estepa castellana, testaferros de españolismo. Los hay en todos los rincones, y azuzar el fanatismo es cosa seria, peligrosa y hasta delictiva, llegado el caso.

“La verdadera libertad consiste en ser capaces de imaginarse al enemigo. No es libre el que piensa que todas las opiniones son igualmente verdaderas o falsas, sino el que ve los errores con la misma claridad que la verdad. En los últimos días estamos asistiendo a una pasarela de fanatismo que da grima”. Chesterton, una de las víctimas más elocuentes del fanatismo británico, escribió sobre ello en el Daily News, texto que conviene releer, porque con fanáticos de esta calaña no se puede construir nada.

Anda la gente preocupada por sus zarandeadas economías, por la subida del paro; con la tensión a flor de piel, la adrenalina a tope, la tensión supurando y, mientras, algunos políticos agitando el bote, a sabiendas de que el corcho no debe destaparse porque todo será espuma que salte a la cara.Y en estas estamos cuando agarran el lenguaje y zarandean con él a diestro y siniestro con ofensasa los ya de por sí castigados ciudadanos.

Teme el españolito medio que haya un giro más en la tuerca, que el telediario de las tres no traiga más noticias de muertes y lamentos; que alguien sonría, que deje de tocar el claxon en el atasco, que haya un simple buenos días, que no le toquen las narices. Y en estas estamos cuando agarran el lenguaje y zarandean con él a diestro y siniestro con ofensas a los ya de por sí castigados ciudadanos. No. No está el horno para bollos

No. No es este país, hoy, un dechado de tolerancia. Se está convirtiendo en un gallinero en el que competir diciendo barbaridades se convierte en deporte vespertino. A quienes les corresponde un ejercicio de serenidad no se les debería permitir abusar de intolerancia con frases ofensivas, estereotipos de una vieja España que ya parecía desterrada.

El otro día me lo comentaba un joven de poco más de veinte años, estudiante él en un campus universitario madrileño. Inquisitivo, que no inquisidor, buen hijo de su padre, me preguntaba muy preocupado si es normal que los jóvenes estén tan enfrentados y sean tan intolerantes y fanáticos. Andaba preocupado por la marea roja y azul que destilan las palabras intolerantes de algunos de sus compañeros, acostumbrados a verlo todo blanco o negro, con un fanatismo que da miedo. Esto lo dicen jóvenes que solo conocieron el fanatismo del campo de fútbol y que ya empiezan a sentir el fanatismo en la sangre.

Y también en la Iglesia. A la Iglesia le corresponde ahora atemperar ánimos y no desesperar más. Es tiempo de callar y alentar. Es tiempo de misericordia entrañable. Es tiempo del Buen Samaritano. Hay que dejar las bofetadas fanáticas. El mejor servicio que hoy puede, en España, hacer la Iglesia es el servicio de la acogida y la mansedumbre en sus palabras y gestos. También así se predica la verdad, porque la verdad es sencilla y silenciosa, y cuando se reviste de fanatismo, pierde su esencia.

Mucho tendrán que velar por sus palabras los sacerdotes en los púlpitos, los obispos en sus cartas pastorales, los confesores en el sacramento del perdón. De la Iglesia se espera hoy una palabra que redima y que dignifique; no palabras de condena que hundan más en el barro. Mucho habrá que cuidar el lenguaje, usando más palabras de misericordia que de condena. No hay que desesperar a la gente. Hay que ofrecerles otra cosa.

El fanatismo vivido en casa hace estragos porque quiere domeñar insultando y quiere apropiarse del Evangelio. Es un fanatismo más feroz que el político. Si la Iglesia no hace hoy este ejercicio de serenidad, estará faltando a su genuina misión de curar las heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. Labor samaritana.

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