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jueves, 23 de febrero de 2012

EL CARDENAL ESTEPA CUENTA ALGO INTERESANTE SOBRE EL GOLPE DE ESTADO DE TEJERO


EL CARDENAL ESTEPA COMENTA ALGUNOS DATOS DEL GOLPE DE ESTADO.
La jurisdicción eclesiástica específicamente castrense y exenta tiene su carta de naturaleza en España desde la primera mitad del siglo XVIII. Anteriormente, y ya desde la Edad Media, la asistencia religiosa castrense estaba asegurada, pero no reglamentada. Se iba rigiendo por sucesivos breves pontificios que determinaban de forma progresiva su jurisdicción. Sería en 1705 cuando se crearía un vicariato único para todos los ejércitos españoles, los entonces llamados “tercios”. Esta jurisdicción fue sufriendo los avatares propios de la cambiante situación política del país y persistiría hasta 1932, cuando se suprimió, aunque la extinción canónica no llegaría hasta marzo de 1933 con un decreto del entonces nuncio apostólico en España, monseñor Federico Tedeschini. Durante la guerra civil, y en la zona nacional, el servicio religioso se reorganizó bajo la presidencia del arzobispo primado de Toledo, Cardenal Isidro Gomá y después de la guerra se fue recuperando lentamente. Sería en 1950 cuando se devolvería la plena jurisdicción castrense a la Iglesia, quedando perfilada en el Concordato entre la Santa Sede y el Estado español en 1953. La jurisdicción actualmente vigente está regulada por los Acuerdos Iglesia-Estado de 1979, que sustituyeron al Concordato y a nivel eclesial está sujeta a la Constitución Apostólica de Juan Pablo II “Spirituali Militum Curae” del 21 de abril de 1986 que la convirtió en Arzobispado Castrense.

El 30 de julio de 1983, José Manuel Estepa cambia su responsabilidad pastoral. La Iglesia lo llama ahora para una misión que no entraba en sus cálculos. Será desde ahora y hasta su jubilación, la jurisdicción castrense el escenario de su servicio eclesial, alternándolo con otras responsabilidades en el ámbito catequético, si bien más atemperado y siempre en la órbita de la Subcomisión de Catequesis de la CEE. Nadie podía imaginar que, dada la trayectoria familiar del obispo auxiliar de Madrid y conociendo su labor en el campo de la catequesis, ahora la Iglesia le pidiera una implicación en el mundo militar. El nombramiento causó sorpresa, aunque con el tiempo ha podido llegar a entenderse y el mismo Estepa lo ha ido comprendiendo más tarde. Se buscaba una nueva presencia eclesial para una nueva forma de vida militar en un nuevo modelo político. El Ejército había sido junto con la Iglesia, dos importantes bastiones en el régimen anterior. Su alianza había levantado no pocas críticas en un amplio sector de Iglesia que no veían con buenos ojos la presencia de eclesiásticos entre las filas militares. Ahora las cosas habían cambiado, aunque en las filas militares y eclesiásticas aún había quienes miraban con recelo las reformas democráticas. En 1983 la democracia se iba consolidando después de una transición política a la que no fue ajena ni la Iglesia ni el mismo Ejército. Era la hora de buscar cada uno su lugar en el nuevo escenario que se abría. El mismo partido socialista, recién llegado al poder, iba a tener en cuenta a sus aliados en la transición. Estepa sustituiría en el cargo a monseñor Emilio Benavent Escuín (1914-2008), quien había venido siendo Vicario General Castrense, con el grado de Arzobispo titular de Maximiana en Numidia, desde el 18 de junio de 1977, año en que sustituyó a Fray José López Ortiz, un hombre de altura intelectual, buen amigo de Franco. Curiosamente el tiempo en el que monseñor Benavent ejerció este cargo pastoral coincide con el periodo de la Transición política, pues fue nombrado unos días después de las primeras elecciones democráticas de junio de 1977 y fue relevado un día antes de la victoria del PSOE en las elecciones de octubre de 1982, en la víspera de la primera visita de Juan Pablo II a España. Fueron años duros, azotados por el terrorismo, con la amenaza larvada de un golpe militar, con tensiones en la vida laboral y social y en los que en la Iglesia se cuajo el marco jurídico de relaciones con el gobierno en los Acuerdos de 1979. No fueron años fáciles para el prelado castrense, que si bien procedía de filas renovadoras en la Iglesia, no era así en la ideología política.

En 1977, cuando monseñor Emilio Benavent es nombrado Vicario General Castrense, Estepa trabajaba en las tareas del Sínodo de la Catequesis en Roma y en las labores propias de obispo auxiliar de Madrid con especial encargo de Alcalá de Henares. No podía imaginarse que, pasados unos años, asumiría esta responsabilidad y le tocaría hacer la renovación jurídica de la presencia de la Iglesia en el ámbito militar. Pero antes debemos hablar de monseñor Benavent. Su dimisión en 1982, en la que no estuvo ajeno el golpe militar de 1981, será la que precipite el nombramiento de un nuevo responsable en la persona de Estepa, un nombre conocido en ciertos ámbitos políticos y sociales de la capital y con una trayectoria personal no ajena a los cambios que se estaban operando. Se buscaba a alguien con un claro criterio eclesial, abierto, dialogante y que no levantara sospechas ideológicas. De su antecesor nos habla cardenal Estepa:

“Don Emilio era un hombre bueno, aunque con un carácter tímido y vacilante. Era del grupo de don Ángel Herrera, quien a su vez, a pesar de la diferencia de edad, era gran amigo personal de don Maximino Romero de Lema. Ambos, siendo aún laicos, fueron a estudiar a Friburgo en 1935. Se habían comunicado el mutuo deseo de ser sacerdotes y es esa vocación lo que les unió en los comienzos y en la que se basará la sólida amistad que mantuvieron después. Cuando empezó la guerra en 1936, don Ángel siguió estudiando en el seminario San Carlos de la ciudad suiza de Friburgo. Se ordenó en 1940 y en 1943 volvió a Santander, que era su diócesis, como coadjutor de la parroquia de Santa Lucía y promotor de un centro de estudios para sacerdotes jóvenes. Don Maximino se vino a España cuando empezó la guerra. A él le gustaba mucho recordar que vino a hacer la guerra. Sirvió como sargento en el ejército nacional y, una vez acabado el conflicto, vuelve a estudiar, pero esta vez a Roma, de donde también regresará una vez que empieza la guerra europea. Se ordenó en 1944 y fue nombrado delegado de pastoral universitaria de su diócesis, Santiago de Compostela. Al poco tiempo, con ciertas reticencias de su arzobispo, fue llamado para ser vicerrector del Seminario de Vocaciones tardías que fundó en Salamanca otra gran amigo suyo, ordenado en 1945, tras realizar estudios filosóficos en Lovaina y también perteneciente al grupo de don Ángel. Se trata de don Vicente Puchol, un sacerdote valenciano que sería después obispo de Santander y que murió en un accidente de tráfico cerca de Villalba (Lugo) en mayo de 1967. Don Maximino, como ya hemos dicho volvería a Roma a finales de los años cuarenta a fundar el colegio nacional de Monserrat.

Don Emilio pertenecía a ese grupo, aunque él no hizo estudios en el extranjero. Era valenciano, pero su relación pastoral la tenía con Málaga. Hizo la Teología en Comillas al acabar la guerra y se ordenó en 1943. Cuando en 1947 nombraron a don Ángel Herrera obispo de Málaga, encontró allí a este viejo amigo y trabajó de forma muy estrecha con él. Empezó a protegerlo y esa protección ya se prolongaría durante el resto de su ministerio. Lo hizo obispo auxiliar en 1954, puesto que Herrera iba con mucha frecuencia a Madrid, ocupado en diversas actividades sociales y políticas que tenía y que nunca abandonó a pesar de estar en la ciudad andaluza. En 1960 la Santa Sede nombró a don Emilio obispo-coadjutor de Málaga, puesto que ya don Ángel estaba enfermo y apenas estaba en la diócesis. En 1967, cuando murió el cardenal, don Emilio fue nombrado obispo titular hasta que al año siguiente, ante la enfermedad del arzobispo de Granada, don Rafael García de Castro, fue nombrado obispo coadjutor del arzobispo granadino, llegando a ser titular de la diócesis en 1974. En la ciudad de los Cármenes estuvo hasta 1977, cuando fue nombrado Vicario General castrense. Se vino a Madrid y vivió en el Instituto León XIII, en la Ciudad Universitaria, un lugar muy ligado a estos amigos del cardenal Herrera. Hay algo que no podemos olvidar y que explica muchos nombramientos de aquellos años, incluso el mío. Entonces, Maximino Romero de Lema era el secretario de la Congregación romana del Clero y hombre influyente en la curia vaticana hasta la llegada de Juan Pablo II al año siguiente”
Don Emilio Benavent empezó sus tareas como Vicario General Castrense en años complicados. Era la Transición política española, se estaba definiendo un nuevo modelo de sistema democrático, las relaciones Iglesia-Estado se iban ajustando, no sin tensiones, y en los cuarteles se escuchaban ruidos de sables, alentados por el creciente número de atentados terroristas. Don Emilio que conocía el mundo militar desde su etapa como capellán de las escuelas de observadores y especialistas del Ejército del Aire en Málaga, no escondía su preocupación por la situación política. Él oía conversaciones de militares y estaba al tanto de lo que se pensaba en las salas de banderas. En 1978 dijo en una entrevista a un rotativo madrileño que le parecía "de todo punto imposible un golpe militar, pero si se hiciera absolutamente imposible la convivencia pacífica y la anarquía dominara la calle, sólo en ese caso intervendrían los militares. Y en el caso de entrar en acción sería para ocupar inmediatamente un segundo plano, como garantizadores de la paz". Aquellas declaraciones molestaron mucho al gobierno y a algunos sectores de la Iglesia. Cuando se produjo el intento de golpe el 23 de febrero de 1981, Emilio Benavent era uno de los reunidos en la Conferencia Episcopal durante la Asamblea Plenaria en Los Negrales, como se ha indicado en otro lugar de este libro. A la pregunta "¿tiene usted algo que decir como vicario castrense?" respondió, llamando apresuradamente a su chófer, con un "vámonos, por si nuestra presencia fuera necesaria". Al poco tiempo se supo que, en su propio domicilio se habían llevado a cabo reuniones del consejo de redacción de una revista clandestina que incitaba al golpe militar. En algunos procesos se habló de que él era conocedor del ruido de sables. Según algunas fuentes consultadas, fue el mismo Alberto Oliart, entonces Ministro de Defensa, el que le pidió que presentara la dimisión para evitar verse involucrado en los juicios posteriores a la intentona golpista. Se buscó una fórmula especial, pasando a la reserva. Monseñor Benavent murió en Málaga en enero de 2008 con 93 años.

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