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sábado, 1 de febrero de 2014

"Platero", Juan Ramón y la crítica social.


Se cumplen ahora cien años de la publicación de esa obra exquisita y luminosa de Juan Ramón Jiménez: “Platero y yo”.  Dedicado a una pobre loca, Aguedilla, empeñada en mandarle flores al poeta. ¡ La cuerda locura de los locos! , es una crítica honda y poética de aquella España de los inicios de siglo, apartada del mapa europeo que empezaba su Gran Guerra, anquilosada en un Viejo Régimen, en una Monarquía ineficaz y en hambre atroz que consumía a un país que había dejado su esplendor en Cuba y Filipinas. Un buen manojo de hombres y mujeres quisieron adelantar la hora en el reloj de España. Y, aunque con un estilo más poético, Juan Ramón fue uno de ellos. ¡ Los niños ¡ ¡ La fakta de una educación profunda y seria ¡. Giner de los Ríos, apostó por el libro y le abrió la puerta a este pequeño burro:
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...”

Publicada en 1914 , la edición completa apareció en 1917, aunque siempre quiso seguirla, no lo haría. No es un texto para niños, aunque parezca, porque, como decía el poeta del sur, “Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren”
Hay capítulos con fuerte crítica social que hay que saber ver. Además del dolor físico, Juan Ramón describe el dolor moral de las injusticias sociales, con sus víctimas. La sociedad sacrifica la inocencia, como sacrifica a los niños pobres, astrosos, violentos, sucios, sin dinero, y sometidos al trabajo o la brutalidad de quienes los cuidan. Además de los niños, los gitanos, los negros, los marginados, con su vida llena de dificultades. Sus cuerpos castigados contrastan con su pureza espiritual, pese al rechazo de la sociedad. Tiene en cuenta también, en sus descripciones, los peores vicios, como la crueldad, la envidia y la maldad humana, incluso en los niños.
El capítulo VI, “El loco”…muestra ese grito contra una sociedad que mandaba a las afueras a los poetas de verso libre:
“Vestido de luto, con mi barba nazarena y mi breve sombrero negro, debo cobrar un extraño aspecto cabalgando en la blandura gris de Platero. Cuando, yendo a las viñas, cruzo las últimas calles, blancas de cal con sol, los chiquillos gitanos, aceitosos y peludos, fuera de los harapos verdes, rojos y amarillos, las tensas barrigas tostadas, corren detrás de nosotros, chillando largamente:

      ¡El loco! ¡El loco! ¡El loco!
...
Delante está el campo, ya verde. Frente al cielo inmenso y puro, de un incendiado añil, mis ojos – ¡tan lejos de mis oídos! – se abren noblemente, recibiendo en su calma esa placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y divina que vive en el sinfín del horizonte...
Y quedan, allá lejos, por las altas eras, unos agudos gritos, velados finamente, entrecortados, jadeantes, aburridos:

– ¡El lo... co! ¡El lo... co!”


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