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miércoles, 30 de mayo de 2012

Das Narrenschiff…El demencial confinamiento de la locura

Imaginaos un barco lleno de dementes atravesando los ríos europeos, atracando, sin bajarse de las naves, en los más importantes puertos, recogiendo a gentes diversas, expulsados de su mundo, outsider, bohemios e impidiendo que se escapen los viajeros, amarrados al duro banco en las bodegas. Imagine en este barco a gentes de toda extracción social, de todo tipo de sexo, religión o color. Una nave de outsiders, una nave de artistas alternativos, de pensadores fuera de tono, de gentes señaladas en la costa, pero libres en la corriente. Un barco que va recorriendo Europa y en el que confinan cada día a más gente. Habrá un día en el que haya rebelión abordo y salte la locura a la costa, a las ciudades ya las instituciones y el mundo se vuelva del revés. Y entonces esta crisis desaparezca.
Sebastian Brant fue un jurista y teólogo alsaciano, estudiante en Basilea, escritor de hojas volanderas en las que no se detenía en la crítica mordaz a personajes y situaciones de la época.  En 1494, creó un nuevo género literario, el género bufo, al publicar su obra maestra Das Narrenschiff (La nave de los locos), crítica de la debilidad y locura de sus contemporáneos Escrito en forma de pareados, cuenta el viaje de un barco hacia la tierra de los locos y las aventuras de sus 111 pasajeros de distinta extracción social, embarcados en la nave. Locos, dementes, necios o simplemente tontos. Aunque hay una velada critica a la Iglesia, simbolizada en la nave, el libro ahonda en todas las capas sociales. Pero hay locos que dicen la verdad y son excluidos por las sociedades bien pensantes, echados a la mar, dueños de su destino, imposibilitados de tocar tierra. La locura de los cuerdos y la cordura de los locos. Es un grupo de locos, de tontos, de necios viajando al país de los tontos,  Narragonia, pero podría tratarse de un viaje hacia uno mismo, al descubrimiento del yo. La locura tuvo su elogio en Erasmo de Rotterdam y no ha escapado a estudios interesantes como el de M. Foucoult. El Bosco la reflejó en uno de sus famosos cuadros, como más tarde recogió Rabelais.

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