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miércoles, 1 de febrero de 2012

Ese gran bribón que fue Alejandro Sawa


Alejandro Sawa nació en Sevilla y no en Málaga, como tan cansinamente vienen diciendo eruditos que no corrigen ni con la partida de bautismo ante sus ojos. ¡Así de ciega es la estulticia de los popes madrileños! Quiso ser cura en Málaga y después abogado en Granada, pero se quedó en poeta. Nació y murió con el sol pelmazo de marzo. (1862- 1909). Con sólo 47 años dejó este “puta vida” este “escritor maldito” en una casa vieja de la calle Conde Duque, en el umbral mismo del barrio más canalla y bello de Madrid. Murió pobre, ciego y loco. Hasta ya muerto dio que hablar. Dicen que pudo tratarse de una catalepsia y que un clavo de la caja le lastimó la sien. Algo contó Zamacois: “Ese clavo sobre el que apoyaste la frente para dormir tu último sueño es el símbolo cruel de tu historia triste”. Ni muerto lo dejaron en paz. Enterados sus amigos de bohemia, ahítos de alcohol y absenta, corrieron a su casa, jaleando y apostando una copa de aguardiente a que no estaba muerto, que estaba de parranda. Rondaron el cadáver inquiriendo si estaba muerto de verdad o se lo hacía. Dos empleados de la funeraria, indignados y hartos de pamplinas pusieron el clavo y de la frente salió un hilo de sangre. Y aquello fue sonado y contado en las tertulias. Baroja lo oyó en su panadería y lo incorporó al “Árbol de la Ciencia” y Valle- Inclán, el padre de los bohemios borrachos y pendencieros que se batían todas las noches el cobre con los serenos, lo tomó para sus “Luces de Bohemia”. Lo enterraron en el Cementerio del Este y de caridad.
Sawa era hermoso, bohemio, espectacular, teatral, orgulloso, famoso y legendario. No hubo en Madrid silueta más elegante que la suya. Caminaba ataviado a la moda, con un recio cayado, un perro y esa pipa que le regaló Verlaine. Dicen que nunca se lavó la mejilla sobre la que Víctor Hugo depositó un beso. Y que por las noches detenía ala gente en la Puerta del Sol para leerle sus poemas. Vino de Sevilla a Madrid y no le gustó la Madrid regeneracionista de la Reina- Momja, María Cristina. Se fue a París y volvió cambiando las “erres” por “ges”. Volvió a Madrid y metió en sociedad a Rubén Darío. Loco, ciego y pobre, pero leyendo su obra se advierte a un precursor.

¡Cuánto daría por una noche de bohemia con aquella gente que supo como nadie retratar el alma de Madrid ¡

Os dejo estos textos. Puede dar una breve visión de su estilo:

“Mis primeros tiempos de vida madrileña fueron estupendos de vulgaridad —¿por qué no decirlo?— y de grandeza. Un día de invierno que Pi y Margall me ungió con su diestra reverenda, concediéndome jerarquía intelectual, me quedé a dormir en el hueco de una escalera por no encontrar sitio menos agresivo en que cobijarme. Sé muchas cosas del país Miseria; pero creo que no habría de sentirme completamente extranjero viajando por las inmensidades estrelladas”

“¡Irme, irme! Ya no sueño sino con eso. Irme a una tierra cualquiera donde la villanía no sea el estado social de la gente, donde a lo menos las afirmaciones y negaciones tengan el sentido filosófico que todos los léxicos les prestan, donde el honor se asiente en las almas y no en los labios. ¡Irme, huir de aquí, por dignidad, por estética, por instinto de conservación! ¡Es que yo me noto aún sano en esta sociedad de leprosos! “

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