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domingo, 13 de enero de 2013

Internet: el “Nuevo Mundo” que nos trajo un “Mundo Nuevo”




Tras no pocas peripecias, bien pertrechos de atavíos para echarse a la amar y cruzar el océano a la zaga de las Indias, un buen puñado de navegantes zarparon de las costas españolas en las postrimerías del siglo XV. Iban con cartas de navegación y grandes navíos  repletos de marineros, soldados, misioneros, comerciantes y no pocos pícaros y prófugos de la Justica que así redimían sus condenas. Todos iban con el alma en vilo y los ojos en el mar infinito. Salieron de una esquina de la vieja Europa, rumbo a lo desconocido. Aquellas carabelas eran como un arca de Noé tras el naufragio de Europa, que hacía aguas tras una Edad Media que agonizaba y que quería reinventarse. El deseo de “volver a empezar” anidaba en el corazón del viejo continente. Tenían alma de navegantes. Buscaban rasgar lejanías. Iban seguros de descubrir el “Nuevo Mundo” y, al final, como el cazador cazado, encontraron un “Mundo Nuevo”, un mundo que cambió el ritmo de la Historia y de sus propias vidas. Imagino la emoción de Rodrigo de Triana, el marinero compañero de Cristóbal Colón, al gritar desde lo más alto de La Pinta: “¡Tierra a la vista!” ante aquel bello espectáculo de luz y  colorido que se abría ante sus ojos al divisar la silueta de unas playas exuberantes y el alboroto de sus gentes, ataviadas de mil colores, dándoles su plácida bienvenida en lo que llamaron La Española, con orgullo de conquistadores. Aquel asombroso descubrimiento les abrió las puertas al “Nuevo Mundo”. A partir de entonces, el mundo se hizo más ancho y más rico. Europa se reinventó con su oro, sus gentes y sus territorios. La soledad del viejo mundo quedó poblada por este mundo lejano al que más tarde zahirieron, envilecieron y ensangrentaron, abriéndole las venas hasta dejarlas sin sangre, sin oro, sin cultura y sin dignidad. Después, en la Historia, ya no fue todo igual. Cambió la antropología, la cultura, la teología, la filosofía, la cosmología, la manera de ver las cosas. Hoy, varios siglos después, en las latitudes norteñas de aquel continente nuevo, palpita el corazón del Imperio. El Nuevo Mundo trajo un Mundo Nuevo.
La misma emoción debieron sentir los explorados enviados por Moisés a las tierras más allá del Jordán, guiados por Josué, para conocer “la tierra que manaba leche y miel” y que transformó a todo un pueblo que en esa misma tierra encontró una clave fundamental en la que se asienta  su manera de ser y de pensar. El pueblo judío no puede entenderse sin una “teología de la tierra”, aquella que los exploradores de Josué atisbaron. La Tierra de Israel era el lugar de la Promesa, adelanto de la tierra nueva.
Como también quienes allá por 1969 pusieron su pie por primera vez en la luna, terreno abrupto, desilusionante, aunque la aventura se había hecho con entusiasmo y buenas sumas de dinero. En el viaje a la luna, como dijera el poeta griego Konstantin Kavafis, lo importante es el viaje en sí más que la meta. No importa el destino. Aquel descubrimiento fue el inicio de una carrera al firmamento que aún hoy continúa con mil variantes que han ocupado el espacio y han levantado enormes plataformas y estaciones lunares que sostienen una gran actividad en el universo.
En los tres casos, por citar algunos, la emoción estaba en descubrir lo ya existente y quedar transformados por el hallazgo. Después ya no fue todo lo mismo. Allí estaban las mismas tierras, el mismo sol, la misma luna, el mismo viento y el mismo mar de siempre, pero ellos ya no fueron los mismos después de descubrirlos y encontrarlos. No eran tierras de ficción, sino tierras reales. No eran tierras dibujadas en la imaginación de los poetas, ni las que soñara el Prete Juan, o los buscadores del Unicornio, sino tierras en donde había otras gentes, con otras culturas y otras maneras de vivir y de pensar. ¡Gentes con alma ¡ tuvieron que reconocer los teólogos de Salamanca, gentes a las que había que defender con uñas y dientes como hizo fray Bartolomé de las Casas, empeñado en devolver el alma a la ingente tarea colonizadora.  El descubrimiento fue un hallazgo. Ya estaba allí y lo que encontraron, cambió sus vidas, como cambió la vida de Marlow, el protagonista del “Corazón de las Tinieblas” de Joseph Conrad. Un viaje a lo desconocido que marcó la Historia.
En el fondo se trata del mismo asombro de quienes en la década de los años noventa del siglo pasado, íbamos descubriendo, con lentos artilugios informáticos, un mundo con infinitas posibilidades., el mundo de Internet. Parece que fue ayer cuando yo mismo leía, retirado en un pequeño pueblo de mi tierra, un libro, “La Red”, de Juan Luis Cebrián (Taurus. 1998). Mientras pasaba las páginas con asombro y no poca incertidumbre por lo que ahí se predecía y se contaba, intentaba conectarme desde mi viejo y mastodóntico ordenador, de forma lenta y ruidosa, al servidor que me adentraba en el dominio www.terra.es. En esos años también nosotros estábamos descubriendo un “nuevo mundo”; o mejor dicho, un “mundo nuevo” en el que ya no seriamos los mismos. Internet nos va cambiando y el escenario que se nos abre es bien distinto al de hace casi dos décadas. Mi generación se ha ido adaptando a ese descubrimiento digital. Lo ha hecho con cierto temor y no poco asombro y esfuerzo, e incluso los más escépticos ya hoy están “enredados” de forma curiosa, manejan el correo electrónico con soltura, se atreven a hacer operaciones bancarias en la red y tienen un perfil en Facebook donde cuelgan sus fotos y comparten sus ideas y opiniones,  se atreven a usar Twitter y han aprendido a descargarse música y películas de cine. Quienes han nacido en la primera década del milenio, por el contrario, ya son considerados “nativos digitales” y se extrañan cuando los más mayores les contamos un mundo sin teléfonos móviles y sin Internet, un mundo distinto y no tan lejano. Lo que entonces era asombroso descubrimiento, hoy se ha hecho realidad pujante que continúa ofreciendo, de forma rápida y trepidante, inmensas posibilidades, tierras ignotas, rincones escondidos, como sucede en la Amazonía, un lugar en el que, pese a los siglos transcurridos, aún mantiene rincones por descubrir. La Red seguirá descubriéndonos nuevas realidades, nuevos mundos, nuevos espacios. No es casual que se llame cibernautas a quienes navegan en la Red, que Explorer sea el nombre de uno de los  de los navegadores más famosos y que Amazon sea una de las principales tiendas on line. Explorar como navegantes un océano infinito, una tierra desconocida.
Porque eso es Internet, un gran océano de información en el que el usuario es el navegante (cibernauta o internauta) que accede esos datos, visitando los millones de sitios que hay esparcidos en la Red. Como Ulises en su barco, atraviesa islas ignotas, goza en el recorrido que lo lleva de regreso a Ítaca, se detiene entretenido en Calipso escuchando cantos de sirenas o es zarandado por las tormentas en el periplo. Internet es como un foro gigante donde todos podemos al instante estar comunicados. Es un océano de información, fácil de usar, que pone en manos de todos, la posibilidad de buscar distintas fuentes de información y también de emitir su opinión y de comunicarse al instante, de conocer otros mundos, de atravesar otras latitudes. Internet es la voz de todos en el silencio. Tiene y brinda poder de noticia, de cultura, de intercambio. Se ha convertido en la democratización del conocimiento como la fotografía fue la democratización del retrato. A veces pienso en Internet como la gran soledad en medio del inmenso océano. Con una escafandra bien ajustada, el internauta contempla la belleza de la flora y la fauna de universo submarino pero desde su silencio y soledad infinita. Cada noche, en el silencio de nuestras casas entramos, con la escafandra puesta, con los auriculares bien ajustados a la emoción de un correo electrónico, a una conversación que nos espera, o a una música que nos apetece, pero en el silencio que acerca y aleja a la vez; que une y separa. Lo envuelve todo. La Red ha dejado de ser medio o instrumento para convertirse en algo más. Vivimos “enredados”, “codificados por ella” y entroncados en su tela de araña. Han cambiado los tiempos y los espacios. El mapa ya no es el territorio y las horas se alejaron de las manecillas del reloj.
 “Las horas han perdido su reloj”. Lo decía el poeta chileno Vicente Huidobro. La irrupción del nuevo planeta digital ha cambiado los conceptos de espacio y tiempo. La información se desarrolla en un tiempo distinto que ha roto los meridianos y ha traspasado fronteras. Hay una nueva dimensión, la dimensión virtual. Pocos hicieron caso en su momento a Marshall McLuhan cuando, hace más de medio siglo, aseguró que los medios de comunicación no son nunca meros vehículos de contenido, sino que ejercen una solapada influencia sobre este, que el medio es el mensaje y que, a largo plazo, modifican nuestra manera de ser, pensar y actuar. Y también de estar en el mundo. Aunque McLuhan se refería a la televisión, ya se intuía lo que estaba por venir con la irrupción de Internet.  No se trata de una herramienta, de un conjunto de tools que esperan ser usados en una caja, como utensilios o técnicas modernas que hay que unir a las muchas que nos trajo la revolución tecnológica y que entraron lentamente en nuestra vida como la luz, la radio, el ferrocarril,  la televisión, el teléfono, el automóvil o el avión. Esto va más allá.
La cultura digital pasa a ser una extensión de nuestro cuerpo, de nuestro cerebro, de nuestra vida que se va adaptando a esta nueva manera de informarse y de pensar. Decía el escritor Francisco de Quevedo, refiriéndose la a abultada nariz de una de las figuras a las que quería caricaturizar que “erase un hombre a una nariz pegado”. Hoy habría que decir, contemplando a muchos de quienes encontramos en la calle que “somos hombres a una pantalla pegados”. No hay nada más que verlo sentados en una terraza y contemplando cómo todos los que pasan o hablan por el móvil o miran en su pantalla, o van con los auriculares, mientras seleccionan la música del reproductor digital. Ya hay estudios oftalmológicos que hablan de un cambio en las capacidades visuales en las futuras generaciones, como también en las capacidades auditivas  tras un acoplamiento del oído a los sonidos fuertes.
A los adolescentes hoy les resulta extraño y llamativo, en este primer mundo, cómo sería un mundo sin móvil y sin internet. Es cosa que ya preguntan a los abuelos en las veladas hogareñas. El hombre hoy está configurado por la Red de Redes, atrapado por ella, imbuido y, hasta cierto punto, succionado por su avance imparable. Todo está en la Red. Se habla de “inteligencia artificial” y hay quien se pregunta por qué memorizar cosas si están todas en la memoria del disco duro o en el ICloud, nombre comercial para la nube de Apple, en donde se almacena una gran cantidad de material al que, guardado de forma segura, puedes tener acceso en cualquier momento con una simple clave. Para qué forzar la atención, si con un simple pulsado de tecla se encuentran los recursos que necesitamos inmediatamente. Cuanto más inteligente se vuelve nuestro ordenador, más tontos seremos, en definitiva. Las capacidades de discernimiento ante tanta avalancha de información se hacen cada vez más necesarias y es conveniente siempre tener una brújula a mano. Hasta el mismo hábito de lectura sufre y pierde su propia esencia, la de llevarnos a mundos de mentira en donde encontramos las verdades. Hay quien se pregunta igualmente para qué leer El Quijote, Guerra y Paz o Madame Bovary si ya están resumidas en la Red. Ante tantas pestañas y ventanas, no hay tiempo para recrearse visitando la cueva de Montesinos, contemplando la mirada de Napoleón al soldado en la batalla de Borodino o recreándose en la feria de Tostes, en aquella escena genial de la obra de Flaubert. La “inteligencia virtual”, junto a inteligencia “emocional” va necesitando de una “inteligencia espiritual” que le devuelva el alma perdida, un hilo de Ariadna que nos saque del laberinto cibernético, de la red en donde estamos enredados felizmente.
Con Internet, los tiempos quedan difuminados y los relojes no marcan las horas. Ahora se habla de realidad  virtual, de presencia virtual, de modo virtual, de visita virtual. Con un simple touch screen, se puede estar presente en cualquier evento o conferencia en cualquier parte del mundo. El wireless y las redes 3G nos permiten estar siempre presentes. Usando un Ipad o Iphone con el sistema OS, se puede pasar de una app (o aplicación) a otra en un instante, de una sala a otra casi sin demora, tan solo deslizando un dedo por la pantalla. Se puede intervenir en cualquier debate que tiene lugar bien temprano, aunque estés ya entregado al descanso nocturno. La interactividad en los foros es cada vez más frecuente, el periodismo ciudadano, hoy adalid de la libertad de expresión secuestrada por los amos del dinero y del poder, es un canal de información muy frecuentado. Las innumerables salas de chat y foros abiertos te facilitan, incluso en el más puro anonimato, una conversación de café. Skype pone rostro a tu interlocutor y te lo muestra con nitidez y alta calidad. Se derribaron las fronteras. La prensa te llega al momento, cualquier revista la puedes descargar y aumentan las ediciones al instante, hasta el punto de estar poniendo en un brete a la prensa de papel, como ya hace la prestigiosa revista Newsweek, que abandonó el papel. Pasa igual con la radio y la televisión convencionales porque en una simple tableta se logra acceso, con simples claves no costosas a toda la información necesaria, no solo en letra, también  en sonido y en video.  Los bosques están de fiesta. Se frenará la tala. La música que en cada momento apetece escuchar, se puede encontrar en el Spotify por una modesta cantidad mensual, el ITunes de Apple se ha convertido en un seguro comercio y las transacciones de Paypal son cada vez más frecuentes. Youtube te acerca la reunión familiar o la escena que no debías haber conocido nunca y te recrea momentos deliciosos;  Google ordena las fuentes de información donde encontrar un dato preciso., la información adecuada, en Wikipedia tienes el saber y las localizaciones de mapas en Google Map hacen que ni tan siquiera te detengas a preguntar por una dirección a la que quieres ir. Te va indicando el camino en el navegador, el GPS del coche. En una reunión los asistentes pueden urdir estrategias y pasarse datos con un WhatsApp o mensaje de móvil a tiempo real. Este sistema y su doble click  permiten saber si tus mensajes llegan, si tu interlocutor está ocupado, o si ya se fue a descansar. Aumenta la tensión y no pocas veces es fuente de conflicto la permanente manía de estar on line, siempre en el escaparate. Hay quien ha empezado a habilitar el “modo avión” como forma de alejarse al silencio. Es un nuevo escondite, como cuando éramos niños y huíamos a nuestro rincón particular en el que nadie pudiera vernos. Un viaje se te hace menos pesado descargándote una película o escuchando música. Nadie hace caso a nadie., desaparecieron las conversaciones en los vagones de los trenes, en las salas de espera del médico o del banco, en las plazas de los pueblos. Todos están ocupados en su soledad. Cualquier libro lo tienes a mano con una simple en un EReader o Ebook, por precios módicos y dándole a una tecla la información te llega al instante. Las operaciones bancarias son fáciles y seguras; la consulta de la cuenta corriente, la compra de billetes, la reserva de hotel, la cita del médico, y mucho más, puedes hacerlo desde cualquier sitio sin tener que moverte. Como dijera la Zarzuela “Y es que el mundo avanza que es una barbaridad”. Y ya se programan vacaciones sin Internet, ofertas a lugares alejados de la wifi y en lugares en que solo se escucha el canto del pájaro o el crepitar del leño en la chimenea. Huida de la tela de araña digital.
Es asombroso el cambio que se ha producido. Fuimos a descubrir nuevos mundos con cierta curiosidad y quedamos cazados en mundo totalmente nuevo. Las horas no las marca ya el reloj. Las marca el simple indicativo “on line” y “off line” Estamos en una vida de continua emergencia, lo que el filósofo polaco  Zygmunt Bauman llama la “sociedad liquida”. La civilización del fast: comida rápida, moda rápida, sexo rápido, cursos rápidos, mensajes rápidos, información rápida. Se dice que los jóvenes hoy, y la moderna civilización dividen su vida en “vida on line” o “vida offline”. Aquella proporciona aventura y novedad, rapidez y ligereza; ésta es más permanente, más estable, más de largo alcance. A los jóvenes hoy se les abre un mundo de libertad con tan solo estar en una o en otra, incluso la doble vida se hace más efectiva. La Red ha abierto canales de comunicación subterráneos e inauditos, que abren relaciones nuevas, no siempre adecuadas ni llenas de sentido, pero otras veces realmente asombrosas.  Los chats, las conversaciones digitales han revolucionado las relaciones. Las relaciones virtuales están también provistas de las teclas “suprimir”, “bloquear” o “spam”. La libertad está servida.
En el fondo este mundo lo que permite es el deseo de estar permanentemente en contacto. Lo que importa en es estar a la vista. Me ven, luego existo. Es el mundo del Facebook y sus muchas formas de relación. Y el mundo de Twitter, un gorgojeo, como el de los pájaros que están en los arboles. Lo que cuenta es el sonido, el “me gusta”, comparto, comento y pongo un icono, el icono. Estar presentes en un mundo de soledad.
Más allá de un simple mundo de herramientas y de utillaje, una nueva antropología se diseña en el horizonte. La Red no es un medio que podamos usar, un conjunto de instrumentos técnicos que pueden servirnos. Es algo más. Afecta a la construcción misma de la persona. Se trata de una cosmología nueva, un universo distinto. Lo ha expresado John Brockman en su libro Is the Internet Changing the Way You Think? The Net´s Impact on Our Mind and Future. (Harper Collins, New York. 2011). Este mundo nuevo llegó con su fuerza, arrasando formas de comunicación y estableciendo nuevos espacios y nuevos foros, nuevas estructuras y nuevas formas de relación. La Red no es algo que se presente con humidad de medio o instrumento; reclama una nueva manera de ser y de pensar. La Red ha avanzado hasta el lugar que quería, ser un espacio nuevo, ajustando formas de pensar, de ser y de estar, revolucionando mucho más aún que la escritura, el ferrocarril, la luz o la televisión y la radio. La Red es hoy un nuevo planeta, metido bajo la piel de cada ciudadano. Todo lo ha puesto patas arriba, todo lo ha alterado y transformado. Luchar contra ella es absurdo, aceptarla y comprenderla es lo inteligente. Otra cosa es que, como todo avance ha de ir creando sus reglas, mínimas, esos sí, pero sus reglas. Y también acudiendo a las heridas que va creando la adicción.
Antes, lo cuentan muchas novelas, el hombre acudía a la plaza del pueblo, al mentidero de las esquinas. Allí se ponía al día, comentaba, escuchaba y dejaba correr la palabra. Las plazas de los pueblos, los atrios de las iglesias y los lugares públicos eran el lugar de socialización. Recuerdo, hace años, en una importante población del sur, nudo de comunicaciones ferroviarias, que había una hora y un lugar de encuentro. A las cinco y media de la tarde, en la estación de ferrocarril, el paso de tres trenes talgo servía para que la gente se encontrara. Unos iban a despedir a su gente y otros a recibir a los familiares o amigos. Sin embargo, la mayoría de vecinos, acostumbrados al tren, al ir y venir de viajeros, iban solo a contemplar al mundo pasar. Tomaban un café, se sentaban en los bancos del andén y allí veía pasar las horas y los días. Pero llegó el momento en el que las horas empezaron a perder su reloj. El tren fue desmantelado y hoy es una insignificante estación.
La red ha sustituido hoy aquel espacio. Solo tenemos que asomarnos una tarde a cualquier calle o acera de nuestras ciudades. Jóvenes con las caras sonrientes, preocupadas, asombradas o alarmadas mirando la pantalla del móvil, permanentemente comunicados. Si viajas a algún lugar, una de las cosas que primero preguntas es si hay cobertura de red o si el hotel tiene wifi. En las casas cada uno está en su mundo virtual y es rara la habitación que no tiene una pantalla de ordenador, de televisión o un video consola. Conectados todo el tiempo, asombrosamente conectados. En las aulas de estudio, el libro de consulta ha sido sustituido por la consulta en Google. Cada vez son mayores las facilidades que se ofrecen de acceso a Internet a precio módico. Han ido desapareciendo los cíber y quedando para sórdidos encuentros virtuales porque se ha socializado la comunicación y la red wifi en las ciudades va creciendo como una gran nube que todo lo cubre, que todo lo ve, que todo lo ausculta. Encender el móvil es inmediatamente quedarte sorprendió por las muchas conexiones que reclaman el acceso desde el Bluetooth…Y la descarga de las más asombrosas aplicaciones en los dispositivos móviles presentan oportunidades sin fin.
En la actualidad la palabra ha adquirido mayor poder. En la globalización, la comunicación es mediática. Los procedimientos son más complejos y los riesgos mayores. La comunicación ha entrado en una nueva era. La red de redes, sus posibilidades y desafíos, así como sus fortalezas y debilidades, es un nuevo escenario, un nuevo espacio abierto en un mundo globalizado. Hoy, al instante, podemos abandonar la soledad y vernos inmersos en un mundo conectado de mil formas. Pasamos de estar offline a estar online en un instante. Nadie está lejos, todos parecen estar constantemente a tu disposición. La comunicación instantánea, constante y abierta las veinticuatro horas del día nos saca de la soledad y permite que nunca estemos solos, sino que siempre estemos ocupados. Cada día es más fácil encontrar invitados virtuales que interrumpen una reunión, un café, una película de cine o cualquier encuentro que pide de nosotros concentración y realismo. Las nuevas redes sociales abren  avenidas inmensas a la comunicación. Es un nuevo escenario, un nuevo perfil de hombre y mujer, algo que afecta a la configuración misma de la persona. Un nuevo escenario, porque hay una nueva antropología que tiene en la forma moderna de comunicación claves importantes que se han desplazado a lo sociológico, económico, cultural y religioso.
Así están las cosas y es ese el nuevo mundo que se nos ha abierto cuando hemos llegado con nuestras naves y con nuestro corazón ávido de descubrimientos. Un nuevo mundo. 

1 comentario:

  1. Carmina Pueyo i Grassa26 de junio de 2013, 5:28

    Quiero expresarle mi agradecimiento por su libro, pues me ha sido de gran utilidad. Me parece un buen libro para iniciarse en la reflexión sobre las TICs y la Evangelización. Es sencillo, de fácil comprensión, y de amena lectura.
    Me ha ayudado a formular mis ideas sobre el tema, y me ha planteado retos en mi labor pastoral con los/las jóvenes.
    Personalmente creo que plantea dos desafíos importantísimos:
     La creación de un nuevo ministerio en la iglesia: la diaconía de la cultura digital. Personas, agentes de pastoral, que concreten su servicio a la iglesia y al mundo, siendo presencia significativa en la red.
     La necesidad de ser el alma de la red, de aportar la “inteligencia espiritual”.
    Agradezco nuevamente su aportación, a la vez que le animo a seguir publicando, pues sus reflexiones nos ayudan sin duda a llevar la Buena Noticia por todo el mundo, incluyendo el planeta digital.
    “Id por todo el mundo y anunciad a todos la buena noticia.” (Mc 16,15)

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