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viernes, 2 de marzo de 2012

¡Háblame del mar, amigo; háblame del mar ¡


Para G...siempre para el.

El mar....

Una ola acarició su cuerpo, lo cubrió con suave humedad y lo mimó con una inmensa ternura; con susurros de caracolas que solo escuchan conversaciones de quienes se miran con lágrimas en los ojos. Nunca el mar estuvo tan cerca de su alma. Era el mar el que abrazaba su soledad infinita, su mirada quieta, su sonrisa abierta, su mente clara, sus gemidos en la noche, su vacío al despertar. Nunca nadie lo había abrazado así; con tanta fuerza y con tanta libertad. Ni el amor que lo trajo al mundo, ni el amor que lo quiso enderezar por un camino contra el que se rebeló, cambiando su curso, por orgullo, por pundonor, por la ese amor que libera y que roba la libertad. Aquella ola le trajo la libertad y lo introdujo en el excelso mundo de la humana divinidad. Nunca tan adentro alma humana tuvo el sol tan suyo. Nunca nadie entendió tan bellamente el horizonte en el que se una lo humano y lo divino. Aquel horizonte. Aquel amor tan adentro, tan espeso, tan infinito.
Al fondo, el sol nunca estuvo más rojo, más cercano, ni más vivo que aquella tarde en la que sintió que eran tres las soledades: el sol, el mar y su alma a la deriva. De pronto llegó una ola, mensajera de trascendencia, embajadora de plenitud. La esperaba con los brazos abiertos. Y le gritó: “Abrázame; que vengo de la guerra, del duro bregar, de un camino que va al precipicio sin solución” Le sacudió fuerte en el pecho y tuvo un sentimiento de plenitud; y le pidió que volviera una y otra vez; que necesitaba de su arrullo, de su caricia, de sus dedos en la cara, de sus manos en el pecho, de su cuerpo entrelazado. Y dócilmente, como son las cosas naturales, la ola volvió y acarició su cuerpo, y lo envolvió en las húmedas palmas de sus manos y le dio luz, fuerza y vida. Y se sintió lleno. Fue una experiencia inmensa, una experiencia de plenitud.
Hoy quiero que me hables del mar. Soy de tierra adentro; de tierras rojizas magulladas por la sequía que agrieta los adentros y que busca una llovizna agradecida, una otoñada en el invierno. Soy de tierra adentro, acostumbrado al aire plomizo, al bochorno del sol cansino; al agua que no llega, que espera y desespera. Soy de tierra adentro, con las esquinas de la vida faltas de viento, de fuego y de vida. Hay esquinas que no se olvidan. No conozco el viento de los cuatro lados; el que viene por el norte, el sur, el este y el oeste. Solo conozco el viento de una sola dirección. Soy de tierra adentro y quiero que me hables de mar. Y es que hay mucha grieta en la tierra y se emponzoñan las vísceras y se agrietan los sentimientos. Cuando falta el agua, todo se viene abajo. Por eso quiero que me hables del mar. La sequía agrieta la vida; el pensamiento, la actividad. La sequía, como el polvo, se mete en las entretelas del alma y la untan de un olor espeso
Háblame de su infinitud, de su tragedia, de su luz y de su vida. Quiero que me hables de sus misterios, del susurro de sus olas, de los enigmas que hay en sus adentros. Tengo ganas de oler el mar, de sentir su fuerza, de ver su bravura que soliviantan mi vida. Tengo ganas de perderme en su horizonte, de beber a tragos su salubridad. Quiero un mar sin pudor en donde se confunda mi piel con su piel; en donde beba la vida a tragantadas. Quiero que me enseñes el mar que contemplas cuando te pierdes en aquella roca, en aquella casita prestada, descifrando en el horizonte la línea que separa cielo tu tierra. Es tan sutil. Es una línea de sombra. Tengo celos de la roca que te sirve de balconada al mar, esa roca en donde recibes todos los vientos y se meten en tu alma y te dicen a dónde ha de ir tu corazón; qué debes dejar, qué debes amar, qué debes da abandonar. Quiero ver el mar., sentir la caricia de su viento libre, suelto, abeto, sin tapujos.
Muéstrame el mar con sus fauces, con su vida interna, con sus tesoros y sus corrientes internas; con sus colores y sus latidos. Un mar que es tumba, útero y fuente; un mar que es silencio y ruido. Un mar que es muerte y vida. Quiero ver el mar que hay en ti, el mar que hay en tus adentros., ¡Soy de tierra adentro y quiero ver las entrañas de tu fuerza, la que devora, engulle, absorbe. Quiero sentir por todos los lados de mi cuerpo tu vida como una ola que se estrella contra mi pecho y le da el aire que le falta, el ímpetu de tu vida.
El mar trae susurros de vidas que allí quedaron encalladas como viejos navíos de piratas. Trae los mensajes de vidas perdidas en suspiros; de esperanzas que nunca llegaron a puerto. En esa roca, en esa pequeña casa que da al mar, quedaron los recursos, los proyectos, los recuerdos. El invierno no es bueno para el mar porque arrasa vidas y almas. El mar te enseñó a ser prudente, a ser precavido. Te enseño el miedo y te enseño cómo hay amores que abruman, pero no matan. El mar impone... Hay que tenerle respeto. Pero el mar quita las grietas de la sequía, elimina el polvo de árido caminar. Hoy el mar se adentra en la tierra y trae un mensaje, en una botella, en un papel pequeño que dice:
“Necesito el mar porque me enseña su música, su caricia y su libertad. Tiene aire, arena y luz. Busco su poder y su tristeza. Hay veces que me abruma; que es difícil, que me vuelve sórdido, pero siempre me abre horizontes, porque el mar siempre está”
El mar se adentra en los golfos y las aguas se aquietan y salen en las rocas con bravura, pero otras veces, se aquietan en la serenidad de una tarde…

Háblame del mar…amigo. El mar está ahí. No se va….Una vez me hablaste del mar y mi alma se estremeció. Vuelve a hablarme del mar. Y el agua entrará en las grietas de la sequía que dejó tu ausencia. Cuando la falta la brisa…es que falta la vida. Cuando falta el mar, es que se va despidiendo el amor.
Y hay veces que uno se conforma con mirar el mar solo unos instantes…y de esos instantes se alimenta para gozar en la dura sequía de le estepa. Háblame del mar unos instantes. Háblame de su música callada, de su tragedia, pero también de su belleza infinita: Aunque sea la última vez que me hables de la fuerza de sus olas.

1 comentario:

  1. Precioso.
    Siempre digo y diré:

    Mares y océanos hay como especies, pero mares como el cantábrico...Pocas aguas te abofetean y abrazan a la vez, con tanto ahínco.

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