No hay forma de quitarme de la cabeza la tragedia de Newtown.
Vueltas y más vueltas. Y conforme leo más detalles, crece el estupor. Y todo sucede en un país, cabeza
de la modernidad y del avance. Impacta cualquier muerte en estas
circunstancias, no cabe duda, pero si los niños hubieran sido masacrados en una
tribu africana, seguro que hubiera sido menos el impacto. Lo alarmante es que
se produzca en el primer mundo, y por parte de alguien con 20 años. Dicen que
era persona inteligente y poco sociable. Mató a su madre y se lanzó a matar a
los niños en la escuela. La muerte como deporte, un partido de beisbol. Sangre fría
de Capote. En una isla noruega se sembró el pánico hace un tiempo tras el
asesinato en masa de un pistolero visionario. Hoy a poco más de 100 kilómetros de Nueva
York. Se buscan culpables cuando no hay
a quien meter en la cárcel por haberse suicidado. Culpable es el sistema, no
cabe duda y en ello todos ponemos las manos. Urge algo más que simples leyes
que controlen el uso de armas en un país que ha aumentado sus ingresos con la
carrera de armas. Urge un sistema educativo más eficaz. Da pavor enfrentarse a
alguien que con tan solo 20 años es capaz de hacer esto. Debería dar pavor
observar a muchos de nuestros jóvenes de esas edades. La geografía de los
veinte años en este inicio de milenio es preocupante. Las reformas educativas
son necesarias desde el consenso, desde el dialogo entre familias y colectivos
dedicados a los jóvenes. Urge alma en esta sociedad avocada a la muerte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario